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Los Valles: El románico en la Jacetania I. Valles de Ansó y Hecho

En esta primera entrega veremos las características generales del románico y repasaremos la situación política en la que el nuevo estilo hizo su aparición en el viejo condado aragonés, en torno a la mitad del siglo XI.

Con el presente artículo comenzamos una modesta “trilogía” con la que pretendemos recorrer el románico de nuestra comarca por los valles de Ansó y Hecho; la canal de Berdún y Jaca; y el alto valle del Aragón. En esta primera entrega veremos las características generales del románico y repasaremos la situación política en la que el nuevo estilo hizo su aparición en el viejo condado aragonés, en torno a la mitad del siglo XI. Todo ello lo haremos con ritmo pausado, paseando por pequeños pueblos y recorriendo angostas sendas que nos llevarán a descubrir los tesoros arquitectónicos de unos valles vertebrados de norte a sur por los ríos Veral, Aragón Subordán y Osia.

Para empezar, repasemos ahora un poco nuestra historia retrocediendo hasta 1063, un año crucial debido a la anexión de los condados de Sobrarbe y de Ribagorza al de Aragón y porque Sancho Ramírez sucedió a su padre en el trono. Con el nuevo monarca se produjo una etapa de modernización del reino, confiriéndole personalidad propia al convertirlo en feudatario de la Santa Sede y al favorecer su apertura a Europa; se unificó con Navarra; se modificaron la liturgia y las instituciones de gobierno; y se logró transformar a la rancia sociedad aragonesa en un estado totalmente militarizado y jerarquizado en torno a la guerra.

Tras un comienzo de milenio de gran inseguridad se comenzó a vivir un periodo de relativa calma que unido al desarrollo de las peregrinaciones, a la supremacía de la iglesia católica tanto en el ámbito político como en el moral, y al desarrollo de las ciudades y del comercio, se logró un caldo de cultivo que propició un aumento de las construcciones eclesiásticas.

Numerosos son los ejemplos de templos románicos en nuestro territorio. Contamos con iglesias, ermitas, monasterios e incluso con una catedral y por ello si quisiéramos definir sus características sin recurrir a una clasificación de manual, tendríamos que realizar la descripción de una iglesia tipo que contara con todas las características del estilo. Habiendo aceptado el reto que nosotros mismos nos hemos lanzado cabe decir que tendría planta rectangular de una nave, contaría con ábside semicircular y estaría cubierta con bóveda de cañón.
El tejado sería de pizarra y las losetas apoyarían directamente en el trasdós de las bóvedas sin armadura de madera intermedia reforzándose con arcos fajones sobre impostas interiores. Los muros de piedra, serían gruesos y sin apenas aberturas. La fachada, en el lado meridional, sería modesta y de composición sencilla, con puerta principal de medio punto sin tímpano.
La portada daría al pequeño cementerio, costumbre que buscaba fomentar la memoria y la devoción por los difuntos. Las ventanas, escasas y de pequeño tamaño, serían de arco de medio punto o pequeñas aspilleras defensivas y se situarían en el ábside. En el interior del templo reinaría la oscuridad, mitigada levemente por la luz de velas y lámparas de aceite. El interior podría estar decorado con pinturas relativas al santo a quien se dedicara el templo y se aglutinarían en el ábside. La escasa decoración exterior se concentraría en torno a los vanos. Las torres, cuando las hubiera, se erigirían para defensa, para vigilancia y para servir de campanarios; serían prismáticas, de base cuadrada y de sección constante.
En templos modestos, el campanario se reduciría a una espadaña que remataría el hastial de la fachada. El uso de las campanas se extendió ampliamente a partir del siglo XI con una doble intención: la de llamar a los fieles a la oración y la de mantener alejados por medio del ruido a los poderes oscuros. La sociedad rural mantenía fuertes creencias ancestrales y para contrarrestarlas los templos se llenaron de simbolismos; el más significativo de ellos era el hecho de que todas las iglesias se orientaran hacia el este, lugar donde nace el sol, metáfora de Cristo “luz de la fe”.

Como no queremos dar una imagen simple de nuestro rico patrimonio debemos de decir que el románico en nuestra comarca cuenta con tres etapas de evolución. El primero que abarcaría el siglo XI y las primeras décadas del XII, contaría con leves reminiscencias de la cultura mozárabe y se mezclaría con aportaciones características del románico lombardo. El segundo periodo, que transcurriría a lo largo del siglo XII, se distinguiría por una acentuada armonía y un buen acabado de los componentes, fruto de una mayor habilidad técnica, con la incorporación de nuevos temas ornamentales y el despliegue de la fantasía. Y el último periodo, que dataría de las postrimerías del siglo XII y la centuria siguiente, se caracterizaría por utilizar una técnica mucho más depurada y establecer las bases de la arquitectura gótica posterior.

Tras esta breve pero necesaria introducción, estamos dispuestos a comenzar la visita de los valles de Hecho y Ansó y lo haremos del siglo XI. Dejemos a los eruditos con sus discusiones y disfrutemos desde la villa de Siresa. La iglesia de San Pedro es el único resto arquitectónico del que fue uno de los más antiguos monasterios de Aragón. Su origen parece carolingio y tras un momento de gran esplendor, durante el siglo IX, tuvo una etapa de recesión y estancamiento que no se superó definitivamente hasta la segunda mitad del siglo XI, cuando el rey Sancho Ramírez introdujo a una comunidad de clérigos agustinos, a cuya cabeza situó a su hermana la condesa Sancha, y le otorgó el honor de ser capilla real. Tras la muerte de la condesa, Siresa pasó a estar tutelado por el monasterio de Montearagón y a principios del siglo XIII quedó incluido entre las posesiones de la mesa episcopal de Jaca.

Todo este devenir histórico puede intuirse en el propio monumento, ya que si nos fijamos bien podemos distinguir dos tipos de materiales en sus muros: una zona de sillares de piedra caliza en hiladas de época más antigua y el resto realizado con mampostería de una ampliación posterior. La creencia más generalizada es que se trata de una obra románica levantada a finales del siglo XI en varias fases, con distintos planteamientos y con posteriores alteraciones o reformas durante los siglos XII y XIII primero y XVII y XVIII después. A pesar de ello hay opiniones discrepantes que argumentan su origen carolingio, y por tanto remontan hasta principios del siglo IX la construcción del actual templo, haciendo hincapié en la tipología de la planta, en los arcos romanos del crucero, en la tribuna, en el portal abocinado y en la ausencia de escultura que resultaría incomprensible para el románico nosotros del carácter monumental y suntuoso de San Pedro de Siresa.

El templo tiene planta de cruz latina, de nave única divida en tres tramos, separados por columnas adosadas al muro, sobre las que se apoyan los arcos fajones que refuerzan la bóveda de medio cañón que la cubre, y con ábside semicircular, de aumentada profundidad por el alargamiento de los muros laterales hacia la nave del crucero. Tradicionalmente el acceso de la iglesia se realizaría por el lado opuesto a su cabecera. La puerta formada por tres arcos de medio punto en degradación y con crismón en el tímpano nos daría paso a un pequeño atrio de acceso sobre el que se sitúa una tribuna cubierta con bóveda de crucería.

Descendiendo por los peldaños que une el nártex o anteiglesia con el resto del templo, debemos de contemplar dos impresionantes pilas de piedra, antaño utilizadas para recoger tributos una y para cristianar la otra. Entre las personalidades que fueron bautizados en esta iglesia destaca el rey Alfonso I, hijo de Sancho Ramírez, que pasó su infancia en este monasterio instruyéndose en las primeras letras y en el arte gramatical.

Desde Siresa y descendiendo por la carretera hacia Puente la Reina nos encontramos dos ejemplos de antiguos templos románicos que con el paso del tiempo han sufrido modificaciones y ampliaciones. Nos estamos refiriendo a la iglesia de San Martín de Hecho, que conserva un ábside románico de difícil contemplación por hallarse inserto entre edificios adosados al templo; y la parroquial de San Martín de Urdués de la que cabe destacar su ábside del siglo XII, siendo el resto obra posterior. En el valle de Ansó únicamente cabe la ermita de Santa Lucía, cuya planta rectangular y ábside semicircular, al igual que la torre, datarían de finales del siglo XII o principios del XIII, conjunto que en la actualidad se encuentra en estado de ruina bajo una frondosa vegetación.
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El románico en la Jacetania I. Valles de Ansó y Hecho

     
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