Desde el intradós de la portada románica de San Esteban de Sigüés dos toscas cabezas talladas en piedra vigilan la entrada de todo aquel que ose interrumpir la paz de este edificio.
SAN ESTEBAN DE SIGÜÉS
En su interior nos sorprenderá descubrir la transformación a la que lo sometieron en el siglo XVII para adaptar la vieja iglesia románica a los gustos de los nuevos tiempos. Para ello se recrecieron sus muros, se cubrió con bóvedas de crucería, se le dotó de una capilla lateral a ambos lados de la cabecera y se vistió su interior con un inusitado lujo, pompa y solemnidad que ayudara a dignificar el culto.
Dirigimos nuestros pasos hacia el altar, pero antes contemplaremos los retablos que se encuentran en la capilla de la derecha, los dedicados a difundir la pureza de la Virgen y la verdad de la Santísima Trinidad, preceptos defendidos por la Contrarreforma ante los heréticos ataques de los protestantes.
A continuación nos fijaremos en el magnífico retablo barroco que preside la estancia y que, a modo de inmenso telón, oculta tras de sí el ábside románico. La calle central está presidida por la imagen de San Esteban, sobre él se sitúa un Calvario y a ambos lados San Lorenzo y el arcángel San Miguel; el sagrario ocupa el lugar de honor que dictamina la nueva doctrina; y se multiplica la representación de santos a los que rendir culto. De su espléndido armazón destacar las bellas columnas salomónicas que dan movimiento ascendente al conjunto.
Continuaremos nuestra visita asomándonos a la capilla que resta y que conserva una escultura de bulto redondo de Santa Ana con María y el Niño, y dos retablos dedicados a la Virgen María y a San Sebastián. A los pies de la iglesia un hermoso Cristo crucificado y una vetusta pila bautismal bajo el coro cerrarán el recorrido por el interior de San Esteban. Como acabamos de comprobar muchos son los tesoros que encierra este coqueto edificio, pero para visitarlos deberán ponerse en contacto con el párroco o acudir momentos antes de los oficios religiosos.
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