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Valle del Aragón: El Rómanico en el alto Valle del Aragón

En nuestro recorrido atravesaremos los pueblos de Castiello de Jaca, Villanúa y Canfranc, pero también nos desviaremos para recorrer el valle de la Garcipollera y los alrededores de la villa de Borau

PARTE I
Tras visitar en anteriores artículos el románico de los valles de Ansó, Hecho y de la canal de Berdún y Jaca, acabamos nuestra empresa en el alto valle del Aragón. Esta cuenca, aguas arriba de Jaca, es la vía aragonesa de mejor accesibilidad a Francia a través del puerto del Somport y tradicionalmente ha sido el itinerario utilizado por los peregrinos del Camino de Santiago.

Nos espera un trayecto lleno de luces y sombras, en donde visitaremos ejemplos del románico de primerísima calidad junto a restos o ruinas de antiguos edificios; pero no adelantemos acontecimientos y pongámonos en camino.

Muy cerca de Jaca haremos la primera parada, más concretamente en una de las isletas de la carretera de circunvalación que lleva a Canfranc, ya que allí se encuentran las ruinas de la ermita de San Miguel de Abós, construida a mediados del siglo XI y muy modificada en el siglo XIX para ser utilizada como polvorín.

Siguiendo por la carretera N-330, unos 3 Km. antes de llegar a Castiello de Jaca, ascenderemos por una pista en mal estado que nos llevará al arruinado caserío de Bergosa, primer pueblo de la Garcipollera. De su iglesia, dedicada a San Saturnino, cabe destacar su ábside, con alero sobre modillones biselados al exterior, único elemento románico que se conserva del ruinoso conjunto.

Volviendo sobre nuestros pasos nos dirigiremos hasta Castiello de Jaca, población que bien merece una visita al ser conjunto histórico-artístico y además por poseer en torno a ella las ruinas de tres interesantes ermitas: Nuestra Señora de Trujillo, San Bartolomé y Santa Juliana. Las dos primeras se podrían fechar en el siglo XII y la tercera conservaría el perímetro románico pero con añadidos posteriores. En las tres se repiten un mismo patrón: planta rectangular con ábside semicilíndrico y puerta dovelada abierta en el muro sur. En el interior del ábside se observa una imposta biselada que servía de apoyo a la desaparecida bóveda de cuarto de esfera. La ermita de Santa Juliana, con su espadaña de dos ojos donde colocar las campanas, será la más fácil de localizar ya que se sitúa junto a la pista que da acceso al valle de la Garcipollera, la misma que nos conducirá hasta Santa María de Iguácel.

Pero antes habrá que hacer algún alto en el camino para contemplar las ruinas de lo que fueron los pueblos de Bescós, Yosa, Acín y Larrosa.

Las iglesias de estos dos primeros pueblos, además de compartir la abdicación a un mismo santo, San Miguel, tienen la desgracia de conservar únicamente el ábside de su templo románico; la pérdida del resto del edificio se debe en un caso a remodelaciones posteriores y en el otro a bombardeos producidos por maniobras militares.

San Juan Bautista de Acín, del siglo XIII, cuenta con ábside semicilíndrico cubierto con bóveda de horno apuntada y amplio presbiterio abovedado con medio cañón. San Bartolomé de Larrosa, de finales del XII, a pesar de ser la más apartada, no se debería dejar de visitar, pues se trata de un edificio de planta rectangular y ábside semicilíndrico, en cuyo exterior presenta un ábside coronado por una fila de baquetones cilíndricos, al estilo de las iglesias serrablesas, sobre arquillos ciegos de estilo lombardo sin lesenas, abriéndose en su centro una ventana, con arco dovelado de medio punto y doble derrame.

La torre, de base cuadrada y un solo cuerpo, tiene en su último piso aberturas con arco de medio punto para la colocación de campanas.
La iglesia de Santa María de Iguácel está considerada como la primera muestra del románico europeo en el Altoaragón y sus estilos constructivo y escultórico son similares a la catedral de Jaca. Fue edificada por el conde Galindo de Aragón en la década de 1040 y embellecida por su hijo Sancho Galíndez, preceptor del rey Sancho Ramírez. Ante su sobria portada y bajo una enigmática inscripción que desvelaremos en el siguiente número de nuestra revista, terminamos el trayecto por hoy.


PARTE II
La entrada a Santa María de Iguácel se realiza a través de una bella portada ornamentada con arquivoltas e impostas labradas con los clásicos elementos jaqueses del ajedrezado y las palmetas, que cuenta además con capiteles decorados y un tejaroz sobre canecillos que remata el conjunto. Pero lo que más llama la atención es la inscripción que se sitúa sobre ella y que dice así: “Esta es la puerta del Señor por donde entran los fieles en la casa del Señor, que es iglesia fundada en honor de Santa María. Ha sido fabricada por mandato del conde Sancho junto con su esposa de nombre Urraca. Ha sido terminada en la era de 1110 -corresponde a 1072-, reinando el rey Sancho Ramírez en Aragón, el cual ofreció por su alma en honor de Santa María la villa llamada Rosa -Villarrosa-, para que el Señor le dé la vida eterna, amén. El escritor de estas letras se llama Aznar.

El autor de estas pinturas se llama Galindo Garcés”. Nada queda de las mencionadas pinturas y las conservadas “in situ” son góticas de la primera mitad del siglo XV. En el Museo Diocesano de Jaca se custodia el frontal del altar, pintado con escenas de la vida de la Virgen, de estilo gótico e influencias bizantinas; una talla policromada, esta sí románica, de la Virgen sedente con el Niño; y una gran verja de hierro forjado de la misma época, que cerraba el presbiterio. Del magnífico edificio podemos decir que tiene nave rectangular cubierta con madera y ábside semicircular, perforado por vanos enmarcados por columnitas y capiteles.

Dejando atrás el valle de la Garcipollera y antes de llegar a Villanúa contemplaremos dos nuevos templos, o lo que de ellos queda. El primero, de propiedad privada, se encuentra dentro de una granja ganadera y se puede avistar desde la carretera. Se trata de la iglesia de San Juan Bautista del desparecido pueblo de Aruej, y cuenta con una nave rectangular y ábside semicilíndrico. Para visitar la otra iglesia, la de San Pedro de Cenarbe, nos dirigiremos al cementerio de Villanúa y desde allí tomaremos una pista a mano izquierda. Del abandonado pueblo poco queda y el templo, por increíble que parezca viendo sus ruinas, es el edificio que mejor ha resistido el paso del tiempo. De época románica son el ábside y el presbiterio; el resto del edifico es fruto de sucesivas ampliaciones.

Antes de llegar a Canfranc tomaremos a nuestra izquierda la carretera que conduce al puerto de Borau. La parroquial de San Juan Bautista de Aratorés es un edificio bastante reformado, siendo añadidos posteriores la torre y la sacristía, pero que conserva de época románica la nave rectangular y el ábside semicircular. Mucho más interesante, sin duda, es la iglesia de San Adrián de Sasabe, que se encuentra pasado el término de Borau. Se trata de un templo del siglo XII, único resto conservado del antiguo monasterio en el que, según una antigua tradición, se refugiaron los obispos de Huesca tras la invasión musulmana. Construido en piedra sillar muy bien tallada es un edifico de planta rectangular, nave única y ábside semicilíndrico que al exterior presenta lesenas y arquillos ciegos de estilo lombardo, que apoyan en ménsulas talladas al modo jaqués. La sencilla portada, resaltada del muro y protegida por un pequeño tejaroz, es de estilo jaqués, tiene arco de medio punto, capiteles tallados y una arquivolta ajedrezada que lo enmarca.

Para acabar nuestro viaje volveremos al valle del Aragón, y nos situaremos muy cerca de la frontera francesa, para visitar las ruinas del antiguo Hospital de Santa Cristina, institución fundada en el siglo XII para asistir a pobres y peregrinos. A pesar de su importancia histórica, del edificio únicamente conservamos los arranques de sus muros. De su iglesia, una sencilla construcción románica, aún puede contemplarse la parte inferior del ábside semicircular; del resto, poco más.

Paradójicamente acabamos nuestro relato en el mismo lugar donde debieron de llegar las primeras noticias de unos monjes de austero orden moral y de exaltado espíritu belicoso, que al otro lado de los pirineos estaban realizando unos maravillosos edificios de gran robustez y belleza en un nuevo orden que con el tiempo se llegó a llamar románico.


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El Rómanico en el alto Valle del Aragón

     
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